Un quindenio, palabra poco usada que viene bien para la ocasión, da para mirar atrás sin nostalgia. En ese tiempo Agra ha reunido siete series (Abyssurbs, Cloudscapes, Gallaecia Perpetua-Intempore, Génesis, Ensueños de Teseracto, neowabi y ArsKúu), más de cincuenta premios y menciones de honor internacionales y obra en colecciones de museos e instituciones de España, Estados Unidos, Grecia, Corea del Sur e Italia. Entre ellas figuran La Casa de la Arquitectura y el Museo del Ferrocarril, en Madrid, el Museo de Arte Contemporáneo CICA, en Corea del Sur, y The Museum of Avant-garde, en Milán.
Todo ello se mueve en lo que el propio artista define como poéticas de la percepción, la memoria y el territorio. La fotografía deja atrás el viejo oficio de testigo y se hace espacio mental: el cielo convertido en superficie pictórica, el agua y el tiempo del paisaje gallego, la multitud urbana que no se mira, la luz en el instante de tomar forma, el muro gastado donde la imperfección pasa a ser una forma de verdad. Son imágenes que no aspiran a ser identificadas, solo aceptadas. Del «¿qué es esto?» se llega, con suerte, al «¿qué me hace sentir esto?».
El hecho experimental está en la raíz. Autodidacta, con décadas de oficio en la moda y las materias primas antes de dedicarse de lleno a la fotografía de autor, Agra no emplea programas de edición ni de retoque. El archivo RAW se revela únicamente con el software de la propia cámara, y cada abstracción, cada efecto, nace de manera óptica, física, en el momento de la toma, con dispositivos que cambian según el proyecto, entre ellos los de desarrollo propio. Nada se simula después. Y cuando una obra interviene luego sobre la fotografía, como en ArsKúu, esa intervención se declara y es física.
Desde A Coruña, donde reside, el artista gallego sigue con una investigación que no da por cerrada. Para él el procedimiento forma parte de la propia indagación perceptiva, y por eso continúa probando.